Hace unos años un joven profesional circulaba por una calle de Nueva York. Iba orgulloso en su flamante Mercedes recién estrenado. De repente vio un niño entre dos coches. Y cuando pasaba a su lado una piedra se estrelló contra la puerta de su nuevo coche.
Dio un frenazo y salió furioso. Cogió al niño y comenzó a gritarle todo tipo de amenazas.
- Perdone, señor, decía el niño, no sabía qué hacer y le tiré una piedra porque nadie paraba. El niño lloraba desconsoladamente mientras señalaba el suelo. Es mi hermano, se ha caído de la silla de ruedas y no lo puedo levantar. ¿Me podría ayudar?
El joven lo levantó y lo sentó en su silla de ruedas.
El ejecutivo montó en su Mercedes y nunca lo arregló. El impacto de la piedra le recordaba siempre no viajar tan deprisa que le tuvieran que tirar una piedra para prestar ayuda al caído en el camino de la vida.
¿Cuántas piedras nos tienen que tirar a nosotros para frenar nuestro ritmo y ver a los hermanos caídos?
Aquel joven, ese día, recibió la pedrada no en el coche, sino en el corazón y lloró con el niño y sanó una vida humana con un sencillo gesto. Charles Péguy escribió: “cristiano es el que da la mano, El que no da la mano, ése no es cristiano, y poco importa lo que pueda hacer con esa mano libre”.



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