Era jueves, como hoy y hacía frío: Terminaba la guerra y, después de pasar años de angustia solitaria, una mujer salta, exultante de alegría, tras enterarse de que su marido, hasta entonces prisionero de guerra, en tres días, ¡por fin volvía a casa!
Acto seguido, con unos ahorrillos fruto de su trabajo como costurera, alquila una lujosa vajilla y con ella dos finas copas de cristal de roca, diciéndose: “Le voy a recibir como lo que es, el rey de mi vida… ¡por fin podremos tener nuestros hijos!”.
Limpia la casa, que ya estaba limpia, ordena aquí, decora por allá, sin tomarse un descanso, con el empeño que todos sabemos asumen las mujeres hogareñas en ocasiones especiales.
Por su parte, el recién liberado soldado, ignora que su mujer ha sido informada por el Estado Mayor de su regreso. Soñaba despierto durante esa larga travesía por mar, aire y tierra, dando profundas y largas caladas al enésimo cigarrillo, pensando en la sorpresa mayúscula que se llevaría su mujer, a quien por encima de todo, ansiaba volver a ver y abrazar
Llegado el día, aquella tarde, la mujer mira el reloj y sale con paso rápido, al comprobar que aun le da tiempo de ir a la peluquería a darse un retoque en el pelo. Entretanto, el veterano soldado, cansado pero feliz, hambriento del anhelo de ver a su mujer, llega antes de lo que había previsto y decide darle la sorpresa, entrando por la cocina. Algún guiso olía tan rico, que se le hacía la boca agua. Sigiloso, se detiene a mirar por la ventana. Su casa estaba más hermosa que nunca y hasta parecía recién pintada. Todo relucía en aquel espacio habitable, su añorada casa, su hogar…y desde un ángulo, ve la mesa y… ¡Dios mío, no puede ser!, exclama y, destrozado de dolor, llorando amargamente, rabiando como una fiera herida en lo mas profundo de su ser, que ahora no era otra cosa; retrocede primero, luego da media vuelta y se marcha corriendo, mascullando como un loco: ¡Dos copas, ella no esta sola, Dios mío, dos copas!
Y huyó.